Comparación de la posición de las Mujeres en el Judaísmo, la Cristiandad y el Islam (parte 2)

Lun, 07/22/2019 - 19:17
La mujer en las religiones

Dicho de otro modo: Su presencia en la congregación no podrá ser contabilizada. Dadas estas obligaciones, las mujeres no fueron consideradas para los roles de liderazgo en las sinagogas ni para ser ordenadas rabíes.
En la tradición judía, mientras que el consentimiento de las mujeres era necesario para el matrimonio, el divorcio ha sido permitido sólo por la acción del esposo 8aunque bajo ciertas circunstancias se precisa el consentimientote la esposa). Las bases del divorcio incluyen ítems tales como: El adulterio de la mujer (tradicionalmente la mujer no puede acusar al esposo de adulterio), la falta de hijos, la indiscreción, la falta de recato. Sólo el esposo podrá preparar y entregar el get (la declaración de divorcio).
El único recurso de la esposa que desea el divorcio era persuadir al esposo que se divorcie de ella. Cuando una esposa poseía buenas bases para desear el divorcio (por ejemplo: La impotencia del esposo, su rechazo a las relaciones sexuales, o su permanencia fuera del hogar por tiempos prolongados, enfermedades severa tales como la lepra) el rabí persuadiría al esposo para que se divorcie de su esposa y a veces, los tribunales judíos se verían involucrados en el proceso.
Una vez divorciados, el hombre y la mujer tenían permitido volver a casarse con otras personas. Estas tradiciones están, aún hoy, en práctica en comunidades conservadoras y son respetadas en los tribunales ortodoxos de Israel.
Una situación muy difícil para la mujer es convertirse en agunah, una mujer que no es libre de casarse nuevamente, sea porque su esposo le niega el divorcio o porque desapareció. Este ha sido un problema considerable para las mujeres ortodoxas cuyos esposos no han sido hallados luego de guerras, o más recientemente luego del Holocausto. A menos que una esposa pueda hallar a dos testigos (que deben ser hombres, porque las mujeres no tienen permitido ser testigos en los tribunales) nunca ha de ser libre para casarse.
Como es evidente, los textos y la tradición judía, miran con desprecio a las mujeres, a quienes frecuentemente, les son negados los mismos derechos. Sólo en el judaísmo reformado es que a las mujeres judías les han sido concedidos mayores derechos.
La Tradición Cristiana
Como los textos judíos, los textos cristianos están llenos de observaciones despreciativas para con las mujeres. Existen numerosos pasajes en el Nuevo Testamento que señalan que las mujeres deben estar subordinadas a los hombres.
La Primera Epístola a los Corintos es un ejemplo de esto. Allí, el autor amonesta a las mujeres a permanecer en silencio en la iglesia y permanecer subordinadas a sus esposos. Tito 2: 3- 6, expresamente ordena a las mujeres a ser sumisas con sus esposos. Otros pasajes establecen claramente que las mujeres no pueden sostener posiciones de autoridad en la iglesia, pero deben permanecer comprometidas con sus esposos y sus deberes hogareños.
La Primera Epístola a los Corintos establece una jerarquía: Dios es la cabeza de Cristo, Cristo es la cabeza de los hombres, los esposos son la cabeza de las mujeres (11:3), también es sabido que las mujeres “oran y profesan” en la iglesia, lo que es contrario al pasaje de Corintos en lo que se refiere a que se les exige silencio. Tales pasajes son intrínsecos al Nuevo Testamento.
Para el siglo IV, cuando la iglesia estaba oficialmente reconocida por el Imperio Romano, y el patriarcado de la iglesia estaba bien establecido, el rol de las mujeres se hallaba confinado al igual que en el judaísmo. El lugar de una mujer era el hogar, debía servir a su esposo, tenía que permanecer casta, su principal función era tener hijos, en especial hijos varones, para continuar la línea familiar de su esposo y debía permanecer en silencio.
En períodos posteriores, los dos teólogos más influyentes del cristianismo que proveyeron de muchas bases a la teología cristiana, y desde luego, actitudes referentes a las mujeres, fueron Agustín (354- 430) y Tomás de Aquino (1224- 1274). Ambos desarrollaron puntos de vista que influenciaron las actitudes hacia las mujeres tanto de la iglesia católica como de la protestante.
El famoso tratado de Agustín, “La Ciudad de Dios” exponía el punto de vista de que existen reinos de existencia: la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre. La ciudad de Dios es el reino en el que los fieles están en sintonía con la voluntad de Dios y no son pecadores. La ciudad de los hombres es el reino de la voluntad defectuosa de los seres humanos, que resulta del pecado original de Adán y Eva, quienes no obedecieron a Dios cuando ingirieron el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal. El deseo natural por el placer sexual era equiparado al pecado; las mujeres, siendo asociadas por el hombre al sexo, eran desde ese punto de vista, una tentación primaria al pecado.
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