Dos cuentos increíbles de una mujer que sorprenden a las mujeres

Vie, 05/05/2017 - 07:48

¡Qué alma angelical era esa! ¡Qué alma grandiosa que representó al Islam en todos sus valores! Es la misma alma de Muhammad (s.a.w.) a quien Dios, Glorificado Sea, envió como misericordia para el universo.-

En la noche de la boda Fatima Al-Zahra(p) con el señor de los albaceas, el Imam Amîr Al-Mu’minîn (a.s.), su padre, el Mensajero de Dios (s.a.w.), le obsequió un vestido para que se lo pusiera, pero al llegar la mañana no vio que lo llevara puesto, por lo que le preguntó al respecto. Ella dijo:
“¡Oh padre! Tocó a mi puerta una joven muchacha pobre pidiéndome algún vestido y primero tomé mi viejo vestido para dárselo, pero recordé las Palabras del Altísimo que dicen: «No alcanzaréis la bondad hasta que no deis aquello que os guste».[1] Y a mí me gustaba el vestido nuevo, así que preferí a esa joven por sobre mí misma y se lo di”.[2]
¡Qué alma angelical era esa! ¡Qué alma grandiosa que representó al Islam en todos sus valores! Es la misma alma de Muhammad (s.a.w.) a quien Dios, Glorificado Sea, envió como misericordia para el universo.
- Entre las obras de caridad de la Señora de las Mujeres del Universo, se encuentra lo narrado por Ÿâbir Ibn ‘Abdul·lâh Al-Ansârî, quien dijo: “El Mensajero de Dios (s.a.w.) rezó con nosotros la oración de la tarde y cuando finalizó la misma permaneció sentado en dirección a la qiblah y la gente congregada alrededor suyo. Entonces se presentó un anciano muy entrado en años y se quejó de hambre diciendo: “¡Oh Profeta de Dios! Me encuentro hambriento, ¡dame de comer! Estoy desprovisto de ropa, ¡vísteme!”.
El Mensajero de Dios (s.a.w.) le ordenó dirigirse hacia quien era “parte de él”, y le dijo que ella le auxiliaría. El beduino fue hacia la casa de Az-Zahrâ’ -la paz de Dios sea con ella-, la saludó y le dijo: “¡Oh hija de Muhammad! Me encuentro desprovisto de ropa y hambriento, así pues, ¡asísteme! Que Dios se compadezca de ti”.
Fátima Az-Zahrâ (a.s.) se encontraba en estrechez económica, de manera que no encontraba nada con que auxiliarle más que un cuero de cordero sobre el cual dormían sus hijos Al-Hasan y Al-Husain. Le dijo: “¡Toma esto, oh anciano!”, pero él no lo quiso y se lo devolvió. Entonces ella tomó el collar que tenía en su cuello, se lo quitó y se lo entregó. Se lo había obsequiado Fátima, la hija de su tío el mártir.
El beduino lo tomó y fue hacia el Profeta (s.a.w.) y le dijo: “¡Oh Mensajero de Dios! Ella me dio este collar diciéndome: “¡Véndelo! ¡Y espero que Dios te otorgue algo bueno por ello!”. El Profeta (s.a.w.) lloró y dijo: “¿Y cómo Dios no habría de darte algo bueno, desde que eso te lo dio la hija de Muhammad, la Señora de las hijas de Adán?”. Luego, ‘Ammâr Ibn Iâser, ese hombre excelente hijo de excelentes, se adelantó y le compró al beduino el collar por veinte dinares, doscientos dírhams, un manto yemení y una cabalgadura que le permitiera llegar donde su gente, y además le dio trigo y carne para comer. El aciano partió alegre y contento suplicando por la Señora de las Mujeres y diciendo: “¡Dios mío! No tenemos divinidad más que Tú. ¡Dios mío! Otorga a Fátima lo que no ha visto ningún ojo ni escuchado oído alguno”.
‘Ammâr tomó el collar y lo perfumó con almizcle; lo envolvió en una tela yemení y se lo dio a un esclavo suyo diciéndole: “Toma este collar y entrégaselo al Mensajero de Dios (s.a.w.), y tú mismo quédate a su servicio”. El esclavo fue y entregó el collar al Mensajero de Dios (s.a.w.), quien a su vez le ordenó dirigirse hacia la Señora de las Mujeres. Ella tomó el collar y liberó al esclavo. Cuando el Profeta (s.a.w.) se enteró, sonrió y dijo:
“¡Qué gran bendición la de ese collar!, satisfizo a un hambriento, vistió a un desnudo, enriqueció a un pobre, liberó a un esclavo y (finalmente) volvió a su dueño”.[3]
[1] . El coran 3: 92
[2] . Haiât Saîidah an-Nisâ’ al-‘Âlamîn Fâtimah Az-Zahrâ’ (a.s.), por el mismo autor de este escrito, pp. 65 y 66.
[3] . Las Virtudes Morales del Profeta del Islam y de la Gente de su Casa pag 41

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