Una Oración diferente..parte (1)

Vie, 05/05/2017 - 07:48

Hacía tres meses que Salima no iba a la mezquita. Cuando oía el sonido del adhan (llamado a la oración), como nunca pensaba en ésta. Hacía tres meses, había dado a luz a su pequeño y no tenía a nadie que se lo cuidara para poder participar de la oración colectiva. Su esposo, que vendía dátiles, transitaba desde la mañana temprano hasta la noche por las calles de Medina a fin de obtener el sustento, así que no tenía tiempo para cuidar al niño, ni dinero para pagar a alguien que se lo cuidara.

Hacía tres meses que Salima no iba a la mezquita. Cuando oía el sonido del adhan (llamado a la oración), como nunca pensaba en ésta. Hacía tres meses, había dado a luz a su pequeño y no tenía a nadie que se lo cuidara para poder participar de la oración colectiva. Su esposo, que vendía dátiles, transitaba desde la mañana temprano hasta la noche por las calles de Medina a fin de obtener el sustento, así que no tenía tiempo para cuidar al niño, ni dinero para pagar a alguien que se lo cuidara.
Salima estaba conforme con la vida que llevaba, pero cuando oía el adhan, experimentaba una extraña sensación. Recordaba la cálida y agradable voz del Profeta llenando el espacio de la mezquita. ¡Cuánto deseaba ir allí y participar de la oración colectiva! Pero hacía tres meses que no podía concurrir. Su hijo, de tan sólo tres meses, lloraba continuamente, y nada lo calmaba. La mayor parte del día, Salima estaba cansada y soñolienta, ella estaba segura de que concurriendo a la mezquita y orando detrás del Profeta, se sentiría alegre y animada. Pero, lamentablemente, no podía.
También aquel día, mientras al oscurecerse el cielo de Medina, la voz del adhan colmaba todo el ámbito con las palabras “Allahu akbar” (Dios es el más grande), la tristeza ensombreció el corazón de Salima. Mientras escuchaba, detuvo su mirada en el rostro de su bebé. El niño dormía y respiraba calmadamente. Sin poder contenerse más, se vistió, realizó e uudú (la ablución), y lentamente alzó en brazos a su hijo y salió de prisa para llegar a tiempo a la oración colectiva. Caminó rápidamente y con largos pasos. Sin advertirlo, sus pies la llevaban a la mezquita. Al llegar a la puerta se tranquilizó pues aún la oración no había comenzado. Esto la contentó. Al entrar y mirar el rostro del niño, vio que una dulce sonrisa brillaba en sus labios. Salima reflexionó: “¿Por qué me afligía tanto?
Podría haber venido desde el primer día. Es una pena tener que orar sola en casa, pudiendo hacerlo junto con la comunidad. Sería un triunfo para mí, aunque solamente pudiera completar un sólo ciclo de la oración detrás del Profeta”. Todavía Salima no se había ubicado entre las filas, cuando oyó que el muecín advertía: “Haiia’alas salat” (venid a la oración)...........[1]
[1]:El libro- Una Oración diferent-Mustafa Rahmandost

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