Ali (P) el primer creyente en la historia del Islam (II)

Mar, 04/13/2021 - 20:00
Ali (P) el primer creyente en la historia del Islam (II)

No hay duda alguna de que la religión islámica es universal, la culminación de las tradiciones religiosas y que, mientras el Enviado de Dios estuviera con vida, él asumía el liderazgo de la comunidad.

LOS FACTORES SOCIALES EN EL TEMA DE LA SUCESION
No hay duda alguna de que la religión islámica es universal, la culminación de las tradiciones religiosas y que, mientras el Enviado de Dios estuviera con vida, él asumía el liderazgo de la comunidad. Tras su fallecimiento ese liderazgo debía recaer en el más merecedor de entre los integrantes de la comunidad. Respecto a este tema existen dos tendencias: La escuela shi‘ita cree que ese liderazgo proviene de la designación divina (tansis), mientras que la escuela sunnita cree que es consecuencia de una elección comunitaria (Intijab), y ambas escuelas proporcionan diferentes argumentos para sostener sus opiniones que pueden encontrarse en los libros de derecho islámico. Pero lo que aquí deseamos es plantear un análisis de las condiciones imperantes en la época del Mensaje, lo cual puede corroborar una de las opiniones. Un estudio de la política externa e interna de la era del mensaje (en la época de Muhammad) nos dice que era necesario que el sucesor del Profeta fuese designado por Dios, puesto que la comunidad islámica estaba amenazada constantemente por un peligroso triángulo formado por Bizancio, Persia y los hipócritas. Esas amenazas conducirían a guerras, traiciones y harían surgir discrepancias (entre los musulmanes), por lo que la comunidad requería que el Profeta designara un líder político que uniera a todos en una única fila frente al enemigo externo, y eliminara su influencia y poder-teniendo en cuenta de que cualquier desunión interna significaba una ayuda al enemigo-. Un lado de aquel peligroso triángulo lo conformaba el imperio romano de oriente. Esta gran, potencia situada al norte de la península arábiga estaba muy presente en el pensamiento del Profeta (B.P.), tanto que no dejó de pensar en el asunto incluso hasta los últimos momentos de su vida. Haciendo un poco de historia el primer encuentro militar entre los musulmanes y el ejército cristiano de Constantinopla había tenido lugar en el octavo año de la Hégira en Palestina. El enfrentamiento acabó con el martirio de tres comandantes, Ÿa‘far Taiiar, Zaid Ibn Hariza y Abdullah Ibn Rauaha, y con el triste fracaso del ejército islámico. La deserción de las huestes del Islam frente al ejército de la incredulidad aumentó la osadía de los ejércitos del César, y en cualquier momento cabía la posibilidad de que el corazón del territorio islámico fuese atacado. Por lo tanto en el noveno año de la Hégira el Profeta, acompañado por un gran ejército, partió hacia las fronteras con Sham a fin de dirigir personalmente cualquier enfrentamiento bélico con los romanos. En esa expedición llena de dificultades y padecimierttos el ejército islámico logró recuperar su antiguo prestigio y renovar su influencia política en la región. Este triunfo parcial, sin combate, no satisfizo plenamente al Profeta, por lo cual días antes de su enfermedad -y previamente a su fallecimiento- dio la orden de partida de un ejército hacia las fronteras de Sham, nombrando a Usamat comandante del mismo. Deseaba que el enemigo observara su presencia. El segundo lado del triángulo lo componía el imperio Persa. Su enemistad era tal y la cólera de su rey tan grande que la carta que le envió el Profeta fue destruida y el mensajero que la portaba insultado y expulsado. Este rey además ordenó a su gobernador en el Yemen que arrestara al Profeta. Aunque Josrou Parviz fue asesinado en vida del Profeta el asunto de la independencia del Yemen -que surgiría tras su islamización que ya se había iniciado-, que constituía una colonia persa, no estaba lejana, y jamás la arrogancia y el egoísmo de estos monarcas les permitiría soportar tal situación. El tercer peligro lo constituía el partido hipócrita, que trabajaba incesantemente como quinta columna enemiga entre los musulmanes. Esa gente tuvo la osadía de atentar contra la vida del Profeta cuando éste regresaba desde Tabuk a Medina. Algunos de ellos creían que con su muerte el movimiento islámico llegaría a su fin, y todos ellos quedarían a salvo. Tras el deceso del Enviado de Dios Abu Sufián quiso poner en práctica un nefasto plan. Había decido realizar la ba'iat juramento de fidelidad al sucesor del Profeta) con Alí, y de ese modo colocar a los musulmanes en dos grupos enfrentados -los que seguían a Abu Bakr y los que seguían a Alí, para posteriormente aprovechar el caos resultante en su propio beneficio. Pero la especial inteligencia de Alí le permitió darse cuenta de las intenciones de aquél y por eso lo rechazó diciendo: “¡Por Dios! que tú no tienes en mente otro objetivo más que la sedición y la corrupción, y no es la primera vez que pretendes encender las llamas de la división, lo has intentado reiteradas veces. Sabe que no necesito de tí.” El poder destructivo de los hipócritas era tan grande que el Corán lo menciona en diferentes capítulos (La familia de Imran, Las mujeres La mesa servida, Los trofeos, El arrepentimiento, La araña, Los confederados, Muhammad, La victoria, La litigante, El hierro, Los hipócritas, y El destierro). ¿Era correcto que con la existencia de tan poderosos enemigos acechando al Islam el Profeta no designara a un sucesor que ocupara el liderazgo político y religioso? Las circunstancias sociales nos dicen que mediante la designación de un sucesor el Profeta podía prevenir todo tipo de discrepancias que pudieran suscitarse tras su fallecimiento, y asegurar así la unidad islámica. Prevenir cualquier suceso desagradable e inesperado, como por ejemplo que cada grupo quisiera imponer a uno de los suyos como líder, no era posible sin la designación previa de un sucesor. Esta clara circunstancia social nos dirige entonces hacia la verdad y la firme y recta convicción de que la función del liderazgo debe provenir de la designación divina. Basándonos en estos hechos y en otros tantos que se dieron desde los primeros días de la misión hasta los últimos de vida del Profeta, veremos que éste planteó la cuestión de la designación y que designó al sucesor, tanto al comienzo como al final de su misión.

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